jueves, 3 de julio de 2008

Viajar

Este es el primer viaje largo que emprendo en mucho tiempo. El viaje goza de considerable prestigio literario. Se le suponen propiedades catárticas. Uno debería sufrir varías epifanías por viaje. Por lo general son experiencias para bien: deshacen prejuicios, previenen contra el fanatismo, se conocen otras culturas, ensanchan el alma. Todo esto no es necesariamente cierto. Mucha gente viaja como una maleta y regresa sin haber aprendido nada. Algunas de las personas más lúcidas, sensibles y curiosas que conozco no han viajado apenas y algunos de los más obtusos hacen varios viajes al año o han pasado largas estancias en el extranjero. Los motivos por los que viajar me gusta son distintos. El viaje relaja los lazos de pertenencia y proporciona espacios de libertad, donde uno no es completamente quien realmente es ni se le exige que lo sea. Uno es, por así decir, eventual, dispensable, innecesario, y en definitiva, irreal. Suena terriblemente inmaduro pero así es, y en este momento de mi vida quizá es lo que necesito. Ser cansa, estar menos. Por la ventana del coche un paisaje verde, montañoso y sucesivo va despejando mi cabeza y pone mi mirada en situación de disponibilidad.

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