viernes, 11 de julio de 2008

César

Tengo razones para sospechar que la comida nacional eslovena es la comida italiana. Las pizzas son las mejores que he probado nunca; el tiramisú es insuperable. Por lo demás, está perfectamente claro que la principal preocupación de los restauradores eslovenos es sentar a los peatones antes que dar de comer. Cerca de casa se agrupan tres restaurantes cuyo nombre es tan neutro como su carta: Luca, Julia y Romeo. Es obvio (aunque no evidente) que incurren en prácticas colusorias y de concertación de menús. La ausencia, no ya de una gastronomía, sino de un plato regional, la perfecta anacionalidad de la oferta culinaria, la ecléctica y adocenada decoración de los locales, es uno de los rasgos más llamativos de la ciudad. Cierto es que, como todos los países acostumbrados a un largo invierno, dominan un amplia gama de sopas, pero ahora, claro, no apetece. No soy hombre que llore la pérdida de las esencias, ni voy a empeñarme en encontrar algo auténtico (que sería, en todo caso, la verdadera impostura). La comida es correcta y los precios honestos; los mercados ofrecen los últimos tomates sápidos de Europa. No me quejo. Tan sólo pido, please, que me quiten las anchoas de la ensalada césar.

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