sábado, 19 de julio de 2008

Plecnik

El aspecto pulcro y algo cursi de Liubliana se debe enteramente a la obra de su arquitecto predilecto Joze Plecnik, una singular e interesantísima mezcla de modernismo y clasicismo. Formado en Viena fue discípulo de Otto Wagner, maestro modernista y par de Gaudí. En Praga se encargó de la remodelación de la montaña del castillo, otro monumento a la cursilería, escasamente discernible de Disneylandia. Su obra más interesante es la Biblioteca Nacional, un compacto paralelepípido, un cubo según la terminología en uso, de cuatro pisos de altura. La gracia del edificio consiste en alternar la sillería en ladrillo con la piedra rústica, creado una agradable textura en la que contrastan el ladrillo rojizo y la piedra clara. Por último, toda la fachada está recorrida por varias hileras de ventanas divididas en cuatro paneles, esas que en arquitectura se llamana inglesas. Una cornisa muy fina subrayada por una moldura decorativa, y un techo plano, y que por tanto, no ve el espectador, remata el conjunto, dándole el aire de un palacio renacentista. Los materiales empleados y la simplísima estructura dan a la mole una leve sensación de ingravidez. El interior está lleno de columnas en mármol negro, como un peristilo, que escoltan una escalera monumental. Esta escalera conduce al lugar sagrado, a la naos del templo griego que el edificio quiere ser, la sala de lectura, cuyo mobiliario es igualmente diseño de Plecnik. Todos los días paso cerca de este edificio, y por la noches lo veo iluminado, saltando a la vista sus esquinas pulidas y afiladas. Es un edificio científico, de estrictas, de implacables y rotundas reglas de proporción, y cuyo exterior es sin embargo de una extraña calidez, aunque el interior sea de una religiosidad fría y abstracta. Todavía no sé si me gusta.

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