lunes, 7 de julio de 2008
Bled
En las estribaciones de los Alpes julianos se encuentra la villa-balneario de Bled, famosa por su castillo que, en lo alto de un peñón, domina un lago, no muy grande, en el cuenco que forman las primeras montañas. En medio del lago, a una distancia que se puede recorrer a nado, hay una isla, y en la isla una iglesia, católica creo, cuyo campanario se eleva por encima de los árboles. He venido como representante de la Embajada a un concierto de un dúo español, de guitarra y acordeón. Mientras venía la lluvia se ha convertido en tormenta eléctrica. El castillo es una modélica fortaleza medieval, y lo parece: tiene murallas, foso y torreón. Desde la terraza se puede abarcar el lago con la mirada. Después de visitar un museo irrelevante me he dedicado a pasear por la almena del castillo, y me he imaginado defendiendo el terruño de, pongamos, una invasión lombarda (salvado el anacronismo) o infundiendo terror a los campesinos. Ya estaba sacando el paragüas por la aspillera cuando ha comenzado el concierto, en una especie de sala capitular, muy apta. Me ha agradado mucho. Hacía tiempo que no escuchaba música sin enlatar, y ya no recordaba el limpio y cristalino punteo de una guitarra. Tampoco sabía que el acordeón fuese un instrumento tan versátil. Los músicos, varón y mujer, de gran simpatía, sólo tenían veintiséis y veinticinco años. Demasiado jóvenes para sentir ínfulas, sin importarles su escaso auditorio, se han dedicado a disfrutar de una música que, evidentemente, les hacía felices. Extraordinarias las Cuatro estaciones porteñas, de Piazzola, con su alternancia de pasajes reposados y vibrantes. Han agradecido mi presencia y yo les he agradecido su música. Camino de Liubliana he dudado sobre si yo podría nadar hasta la isla. Desconfío de mi torpe brazada. En todo caso, volveré, espero, para remar en compañía.
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