martes, 29 de julio de 2008
Mirjana
Todas las mañanas leo el periódico tomando un café y dos cruasans. Lo hago aun al precio de llegar algo tarde al trabajo, porque todo mi buen humor del día depende de este pequeño ritual. Un día sin periódico antes que nada es un día que empieza mal. En Liubliana he encontrado una cafetería agradable, el Excelsior, a escasos cincuentra metros del portal de casa. Lo prefiero a otros porque sirven el excelente café triestino Illy y porque ya me conocen. Me atiende casi siempre la misma camarera, que es una chica joven, con vaqueros siempre y una camiseta de color ajustada pero no mucho. Tiene la cara redonda, la tez clara, alabastrina, brillante, el pelo corto, liso, y cobrizo, algo abombado quizá, que subraya la curva de las mejillas. En fin, que es una chica atractiva. Es simpática, habla un inglés correcto y le hace gracia mi glotonería. Como sabe lo que pido siempre me lo sirve según me ve llegar. Es agradable llegar a esta mínima complicidad con el camarero. Hoy me he acordado de ver en la cuenta como se llama: Mirjana. Mirjana es María en esloveno. Siempre hay alguien así en cada viaje, creo. Alguien que instintivamente te atrae o te cae simpático, alguien a quien no conoces o tratas tan sólo durante un efímero lapso, porque así debe ser. Una azafata, o la recepcionista de un hotel, o una camarera. Entonces, durante un velocísimo instante te imaginas un romance en la cabeza de un alfiler, ni una ensoñación siquiera, la pavesa de un recuerdo que no tienes, cuya posibilidad reside precisamente en el hecho de no conoces a la otra persona, no quieres conocerla y no volverás a verla. Hoy Mirjana ha venido corriendo hacia mí, a devolverme el paragüas.
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