Esta mañana he recibido a los señores K. y D. detectives de la policía de Liubliana, que metida en una bolsa de plástico traían una bandera española, doblada y algo sucia. Previamente me habían puesto en antecedentes: el pasado febrero el mástil apareció una mañana desnudo de pendón. El asunto era preocupante (como se sabe las banderas son artículos inflamables) y se denunció el robo. Cuatro meses de pesquisas dieron fruto. El malhechor (o mejor dicho, el bandolero), es un joven universitario de veinte años, de Liubliana City. Embozado por la noche, a lomos de su bicicleta, y armado con unas tijeras de coser, se encaramó a la tapia y sin entrar en el recinto recortó la enseña. Al parecer el mástil está demasiado pegado a la verja y no es difícil. Ya se ha solucionado. El chaval no tiene antecedentes ni motivos políticos. Es un coleccionista. Colecciona banderas. En el registro de su habitación, ante unos padres incrédulos, han descubierto docenas de ellas, algunas robadas de otras embajadas. Los detectives aseguran que el caso está en manos del fiscal. Yo les he pedido que tengan en cuenta que en todo caso es mejor coleccionar banderas que quemarlas. A mí mismo me gustan las banderas, sobre todo cuando vienen en ramillete. A los diplomáticos (he tenido la triste ocasión de comprobarlo hace poco) nos entierran con la bandera del país al que hemos servido. Supongo que no es obligatorio y que cabe más de una o ninguna. A mí no me importaría, pero pediría ser enterrado lo menos con cinco. Llámenme frívolo, mas mi corazón lo componen varios cuarteles.
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