domingo, 6 de julio de 2008

Un paseo

El río Ljubljanica (pequeño Liubliana) se dobla como un codo alrededor de la colina de Golovec, en cuya cima, a unos 400 metros de altura, sobresale de las copas de los árboles la torre del castillo de la ciudad. Es una torre solitaria, más florentina que austríaca, que recuerda la del juego del ajedrez, almenada en su punta, con un reloj en cada uno de sus lados, y una bandera de Eslovenia, una franja horizontal verde y otra blanca, ondeando desde lo alto. Se puede subir y bajar de la fortaleza en un funicular, que nos deposita en el mismo vértice del meandro, en el espacio comprendido entre la colina y el río, que alberga los puestos del mercado y la discreta catedral de San Nicolás. A escasos metros, tres deliciosos puentes, obra del arquitecto Pleznik, se juntan en forma de zigzag, conduciendo a la plaza de Preseren, el poeta de la nación; su estatua se erige en mitad de la plaza, presidida por la parroquia de San Francisco, que es una iglesia de finales del siglo XIX cuya mayor singularidad reside en su amplia espadaña de color granate. Si caminamos a lo largo del río en dirección oeste, como queriendo abrazar la colina, encontramos una elegante esclusa, también obra de Pleznik, que salva el desnivel del río y cierre el centro histórico de la ciudad. Si descendemos desde San Francisco hacia el sur encontramos a unos 80 metros el puente de Cobbler, legado del mismo arquitecto, omnipresente. Es un pasaje balaustrado, con diez columnas de piedra de unos cuatro metros de altura y medio de diámetro. Todavía un poco más abajo, el puente de Sentjakobski, algo más ancho, por donde ya circula el tráfico. Desde aquí hasta la esclusa, en apenas un kilómetro y medio de paseo, se encuentra todo lo que el turista verá de Liubliana. En la orilla izquierda se concentran los edificios de gobierno, la universidad, la filarmónica, los dos hoteles principales y los comercios. Del lado del monte se agrupan los restaurantes. El río en esta parte de la ciudad no mide más de 50 metros de ancho; sobre él los saucen lloran sus copas, superponiéndose así tres niveles de verde: esmeralda del agua, menta de los árboles, y más allá el fosco follaje en la colina. En las riberas se encuentran todas las terrazas de verano. Los edificios alternan los tres y los cuatro niveles; la primera fila de ventanas suele estar rematada por frontispicios, el dintel de las segundas ya es más sencillo, y la tercera corresponde a las buhardillas. Las fachadas están pintadas en colores muy suaves: limón o anaranjado, verdes pálidos. Muchas casas tienen la particularidad de ser exentas (es decir, carecen de pared medianera) de forma que un pasadizo queda entra ellas comunicando las calles entre sí. Y ya está.

No hay comentarios: