martes, 8 de julio de 2008

Rush-hour

Liubliana. No es en absoluto lo esperado. Es un café, un happening, un teatrillo, un plató, un flipe. Todas las terrazas están llenas de jóvenes guapos y ociosos, la mayoría de bellos perfiles eslavos, insolentemente veraniegos, sentados bajo los sauces, en ambos lados del río. Es un bullicio permanente y calmado, casi silencioso. Hay miles de personas en la calle, pero no como en las Ramblas o en la Puerta del Sol, donde todos parecen salidos de un hormiguero devastado; aqui cada uno se ubica en su lugar natural, de manera que nadie se estorbe, como si hubieran sido hábilmente colocados por un escenógrafo. Aquí y allá se han levantado leves columnatas, que refuerzan la sensación de sosiego. Liubliana produce, por todo ello, una sensación de irrealidad, tal vez inevitable en las ciudades acostumbradas a largos inviernos cuando llega el verano. Las casas están reformadas, pintadas en colores suaves, y sus ventanas rematadas con frontispicios, unos triangulares y otros en curva. Por arriba los techos abuhardillados, y en los bajos bares y restaurantes que cultivan todos el mismo ambiente minimalista y sofisticado, nada que pueda evocar lo balcánico, ni tampoco lo austriaco. Todo en Liubliana es encantador y agradable. Pero es siempre un abuso juzgar las ciudades únicamente por sus partes gentrificadas. Una ciudad es también y sobre todo sus periferias y sus barrios desarrollistas y feos, y eso todavía no lo conozco. Conozco el escenario amañado, evanescente y cool donde los urbanitas no somos más que figurantes.

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