miércoles, 2 de julio de 2008

El silencio le precedía

Gracias a la amabilidad de B. y de su familia he pasado la noche en Duino, en una cabaña con vistas al Adriático. La estancia me parece un pretexto honrado para leer algo de Rilke. Recuerdo un pasaje muy bello de Stefan Zweig en su "El mundo de ayer. Memorias de un europeo" en el que evoca la figura del poeta, diciendo que uno advertía su presencia una hora antes de que llegase a un sitio, porque el silencio le precedía. No soy un buen lector de Rilke: porque es un poeta difícil y porque no puedo leer el alemán. Lo primero el esfuerzo lo remedia, lo segundo lo palía la excelente traducción de las Elegías de Jenaro Talens, en la editorial Hiperión. El fraseo, la sabia elección de las palabras, los hábiles encabalgamientos, y la extrema sensualidad de los versos, me producen una emoción que quizá anticipe el gozo del entendimiento. Leo poco a poco, en voz alta (estoy solo), poniendo cuidado en respetar el ritmo. Rilke insiste en que el peor de los pecados es el de la impaciencia. Leo en la playa y durante la comida. Conduzco por el golfo de Trieste hasta el palacio de Miramare y sigo leyendo en sus jardines; despacio (que los bien templados martillos de mi corazón / ninguno falle al tocar en las cuerdas débiles, vacilantes o / quebradizas); el calor me vence, casi me he dormido. No quiero llegar muy tarde a Liubliana, así que decido que ya volveré a Trieste, ciudad que merece toda mi atención. Por el camino me noto triste; habrá sido, me digo, la octava elegía.


[¿Quién, pues, nos dio la vuelta de tal modo
que hagamos lo que hagamos siempre tenemos la actitud
del que se marcha? Como quien
sobre la última colina que una vez más le muestra
todo el valle se gira y se detiene, se demora,
así vivimos nosotros, siempre en despedida

Rainer María Rilke (trad. de Jenaro Talens)
Elegías de Duino]

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