lunes, 28 de julio de 2008

Algo de historia, I. La guerra de los diez días

Eslovenia siempre fue el pariente rico de los Balcanes. Disfrutaba de un buena renta de situación, al lindar con la próspera Austria y el industrioso norte de Italia, no muy lejos tampoco de la potente Alemania. También tenía la ventaja de ser un país relativamente homogéneo desde el punto de vista étnico. Ahora se llama étnico a cualquier cosa, pero dejémoslo estar. Seguramente era también un país más templado que las temperamentales Serbia y Crocia. Compartían menos historia con la península, y más con Europa central, que las otras repúblicas, y en ese sentido, su secular pertenencia a la monarquía de Austria les salió, históricamente, rentable (de hecho, es probable, qué curioso, que Eslovenia perviva como nación gracias a los Habsburgo). Durante los ochenta, aprovecharon la crecida nacionalista de Milosevic para engordar su memorial de agravios. Se escaparon de Yugoslavia en el último minuto. Fue en 1991. Les costó una guerra de diez días, prolija y entusiásticamente narrada en el Museo de Historia Contemporánea de Eslovenia. Acaso murieron sesenta y seis personas. El Ejército Popular Yugoslavo todavía estaba formado por varias nacionalidades y el desconcierto entre los soldados debió de ser notable. Lucharon sin convicción, y los mandos estaban más preocupados por el desplome general que por la pérdida específica de Eslovenia. La guerra en Croacia, que proclamó la independencia, y donde la macedonia étnica sí era considerable, distrajo la atención de todos. Fueron independientes. No parece que les haya ido mal. Me pregunto qué historia le queda ahora a este país tan pequeño y soso, de dos millones de personas, luego de su independencia. Tampoco es tan grave. Dice el maestro Ferlosio que sólo los pueblos sin historia son felices.

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