viernes, 29 de agosto de 2008

Liubliana - Turín - Turín - Avignon - Gerona/Barcelona-Madrid

jueves, 28 de agosto de 2008

Sobre la inconveniencia de hacer maletas

Soy muy perezoso. Séneca dice que la tristeza no es más y casi siempre que pereza pero en mi caso creo que es al revés. Mi noviciado en Liubliana se termina y por delante queda apenas la ímproba tarea de hacer las maletas, que esta vez serán muchas. Siempre es penoso hacer maletas. Requiere diligencia, meticulosidad y disposición. Conviene hacerlas bien, porque hacer bien las cosas siempre es más divertido. Doblar bien un pantalón, por ejemplo, produce un moderado sentimiento de aprobación. Pero marchar, en general, es algo difícil. Uno empieza a irse mucho antes de marcharse. Hay un lento y confuso cambio de paradigma, una realidad que se va transfigurando febrilmente. Aflora la contradicción pura de querer ir y desear permanecer al mismo tiempo, que es la tensión en la que nos movemos a menudo los animales humanos. Me quiero ir, me quiero quedar; vuelvo a casa, ya estoy en casa. Cualquier rincón del mundo es bueno para soñar, dijo Julio Camba. El viaje de vuelta también será largo, en varias etapas. Viajar cansa, y a última hora siempre parece que nos quedasen tantas cosas por hacer. A veces imagino un día en que todos los viajes ya estén hechos, como todos los libros leídos. Los libros, viajo siempre con demasiados libros. Empeño ridículo de hacer de sherpa. Es inevitable ponerse un poco triste. Es improbable que vuelva pronto a Liubliana; de hecho es posible que no tenga que regresar nunca. Me llevo buen recuerdo. Hacer maletas, ya digo, puede ser deprimente. Pero esta vez, no. Porque hacer maletas en compañía es como no hacerlas, porque no te mueves de donde quieres estar.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Spleen de Liubliana

Lady M y yo hemos dado el último paseo por la calle del río. La ciudad y sus terrazas permanecen en su anodino alboroto, que el regreso de los estudiantes para el nuevo curso apenas tonifica. Desde uno de los tres puentes la estampa que presenta la ciudad, en este atardecer, con sus mohínos sauces cayendo sobre las aguas, y sus fachadas rosas de cartón piedra, es el del papel pintado de una ópera que podría ser La Bohéme. Las mesas en las calle están repletas de comensales, pero como dice M ni la comida huele en Liubliana. Esta ciudad es un muermo. Podría haberme tirado aquí cincuenta años más y no habría ocurrido nada, y todavía estoy joven para desear tal grado de ataraxia. Eslovenia es un Estado viable y serio, funcional, pero tiene hechuras de provincia. Es lo más parecido quizá, a vivir en un rincón tranquilo del Imperio Austro-húngaro, circa 1900, llevando un sosegada existencia de provincias antes del fin del mundo. Puro mundo de ayer. Lo echaré de menos, pienso, cuando me envuelva la violenta alegría de Madrid. Querré volver, quizá, a esta ciudad sin ángel, porque he sido feliz aquí, y porque poca gente podría señalar este país en el mapa. Me he iniciado en el oficio y me ha gustado. Me llevo pocos nombres anotados, y el comienzo de una amistad que espero duradera. He buscado souvenirs, y al final el único que he guardado en la maleta es un pasaporte de un país que ya no existe.

martes, 26 de agosto de 2008

K

Durante mi estancia aquí no he hecho ningún amigo o conocido esloveno. Me han entrado prisas por remediar este baldón, y he buscado entre mis papeles el número de una diplomática eslovena, K, creo que de mi edad más o menos, que me había proporcionado una amiga en Madrid. Nos hemos citado en la terraza OX, que por la noche está llena de chulos y meretrices, y por la tarde sirven meriendas. He llegado, me ha visto ella antes que yo a ella, y salvo unos horribles zapatos rosa y el hecho de llevar uñas pintadas (siempre me ha parecido una afectación innecesaria) su aspecto resultaba agradable. Hemos hablado un buen rato. Le pregunto por la situación en Eslovenia, por el actual gobierno, y por las elecciones que vienen, por la manera de ingresar en el cuerpo diplomático esloveno, por las relaciones con Croacia, con Italia, con Austria. Bah, todo me aburre, dice, ahora me voy a Malta ha hacer un máster en derecho marítimo. Sólo se anima para criticar al Ministro de Asuntos Exteriores, Sr. Rupel. Que me lo quiten si quieren que continúe. Tímidamente le pregunto por la independencia de Yugoslavia y me mira como si le estuviera hablando de historia antigua. La conversación se desmorona, trato de apuntalarla: ¿Cuál es el gran asunto de la diplomacia eslovena? pregunto. No hay, responde. Aterrado por mi escaso talento para el small talk, le hago unas cuentas recomendaciones para hacer turismo en España y apuro la segunda cerveza. Me pregunta que si estoy en facebook, un foro en Internet muy popular. Pero no estoy.

lunes, 25 de agosto de 2008

Algo de historia, III. Eslovenia y Yugoslavia

Los libros de historia que he ojeado despachan la independencia de Eslovenia de Yugoslavia en pocas páginas. Es comprensible. Eslovenia era un pequeño país, con una población desprovista de la complejidad étnica de Croacia y Serbia, potencialmente próspero y geográficamente contiguo a Europa occidental. Su desprendimiento de Yugoslavia, carente de dramatismo, puede parecer inevitable y hasta en alguna medida anecdótico. Sin embargo, en cierto sentido esta pequeña provincia del fenecido Imperio Austro-Húngaro era la clave del sistema. Lo explica el inteligente Misha Glenny en su gran crónica The Fall of Yugoslavia. Este penetrante pasaje muestra la importancia simbólica de Eslovenia en el entramado eslavo: "Una vez los mandos de ejército federal capitularon ante las demandas de Eslovenia era difícil justificar una guerra con Croacia en nombre de Yugoslavia. La guerra había perdido su carácter yugoslavo para asumir un fuerte carácer Serbo-Croata. Esto afectó enormemente a muchos oficiales del Ejército Popular Yugoslavo, que creían en el mantenimiento de la integridad de un Estado yugoslavo pero les perturbaba la idea de estar luchando por un Estado balcánico dominado por Serbia" Ahí esta: desaparecida la posibilidad de un Estado multinacional lo que quedaba era el mero enfrentamiento entre etnias. La separación de Eslovenia era la condena de Bosnia.

domingo, 24 de agosto de 2008

Geología

La mayor atracción turística de Eslovenia son las Cuevas de Postojna, 25 kilómetros de galerías subterráneas de piedra caliza, cincelados por el río hace 14 millones de años. Pagas una entrada abusiva para recorrer 3 kilómetros en un tren subterráneo, y otros 2 a pie, y volver a salir en tren, que alcanza velocidades imprudentes y emocionantes. El conjunto es bastante espectacular. Las galerías se abren a grandes salones de piedra calcárea, de varios tonos de blanco: leche, hueso, grisáceo. M y yo nos hemos entretenido buscando imágenes para las innumerables estalactitas y estalagmitas, esbeltas o morcillonas, que nos salían al paso. Ella es mejor que yo para este tipo de intuiciones poéticas. Mira "una coliflor", mira "una medusa", mira "un enano", mira "un cirio derretido", "la torre de Babel". Yo soy más rebuscado; mis contribuciones eran más del tipo "mira, las orejas gachas de un elefante" o "un órgano de iglesia". Necesito de esta clase de trasvase de lenguajes, poner una cosa en nombre de otra, para entender lo que estoy mirando, o incluso lo que estoy escuchando. Una pareja de turistas españolas ha hecho en voz alta el comentario esperado, a saber, que lo que único que veían eran falos. Las estalactitas crecen, nos han dicho, un centímetro cada cien años, lo cual quiere decir que desde que los soldados austriacos ocupasen las cuevas han crecido 9 milímetros. Por debajo de nosotros, el río cabalga horadando con paciencia infinita nuevas galerías. Me asombra la absoluta indiferencia que los acontecimientos humanos despiertan en el tiempo. Lo que sucedía en la superficie mientras la estalactica proseguía su lentísimo viaje hacia el suelo era todo el siglo XX.

sábado, 23 de agosto de 2008

Algo de historia, II. Memoria Histórica

Si en alguna lugar de Europa la resistencia al nazismo fue real, feroz, y efectiva fue en los Balcanes. En 1941 se fundó en Liubliana el Frente de Liberación de la Nación Eslovena. Muy pronto el Partido Comunista tomó el control del movimiento. Las partisanos, comandados por Josef Brod, llamado Tito, consiguieron recuperar todo el territorio ocupado primero por Italia y despúes por Alemania, recobrando también Istria para Croacia y ganando incluso la misma Trieste en mayo de 1945. Fue una ocupación efímera y sanguinaria, cuarenta días durante los cuales el movimiento partisano comunista pasó por las armas a cientos de triestinos, fascistas o no, en estricta y brutal aplicación de Talión por los abusos cometidos por la Italia de Mussolini contra la minoría eslovena. En Eslovenia también se ajusticiaron a golpe de fusilazo a cuantos fueron encontrados sospechosos de colaboracionismo o de desafección al nuevo régimen. Los crímenes del Titismo fueron ocultados para preservar la imagen de la revolución, y hasta bien entrados los años 80 los veteranos de la lucha partisana conservaron privilegios, acceso a la propiedad de los bienes confiscados, y generosas pensiones. Se estima que 100,000 eslovenos fueron depurados en la primevera de 1945. Más tarde Tito adquirió aura de socialista respetable entre los países occidentales, por su precoz ruptura con Stalin y el mantenimiento de la estabilidad de la región. Hoy la apertura de fosas comunes, la anulación de juicios y la restitución de la propiedad incautada continúa siendo objeto de debate en Eslovenia. Es otra memoria histórica en un continente donde ya no cabe un solo recuerdo más.

viernes, 22 de agosto de 2008

El río, la Subida, la tormenta

11:00 am. Nos hemos levantado pronto para ir a hacer rafting en el valle del Socha, en plenos Alpes Julianos, muy cerca de la frontera italiana. El rafting es un deporte entusiásticamente llamado de aventura, si bien L recuerda que el río Socha no es el Zambeze. El día estaba nublado y el agua transparente, esmeralda o turquesa, porque la piedra caliza de la orilla se va disolviendo y la va limpiando. Éramos ocho con traje, chaleco y casco, pero el monitor se sobraba para manejar la balsa desde el timón, mientras alentaba con sus órdenes la ilusión de que nuestros fieros golpes de remo ayudaban en algo. Me ha sorprendido su íntimo conocimiento del río y de sus escollos. Con una gran economía de esfuerzos, aprovechando las leyes de la corriente, ha llevado la balsa con suavidad hasta el final del trayecto. Claro que es un recorrido fácil y cotidiano para él. Pero me ha parecido que en todo aquel despliegue de sencillez había lecciones para la vida de uno.

17:00 pm. Hemos comido hasta la gula en el mejor restaurante esloveno, que está en Italia. El menú constaba de ocho platos, y al tercero ya estábamos pecando. El sitio, entre Goritzia y Udine, se llamaba "La Subida", y también ofrecía un alojamiento rural muy apetecible. Lo único que se puede decir de la comida es que estaba buena. Ha sido nuestro postrer intento por comer verdaderamente bien, aunque fuese una vez, saborear algo verdaderamente sabroso o sorprendente, algo cabal y honesto, en Eslovenia. El lugar, en cambio, era maravilloso. Hemos conducido durante horas por carreteras regionales, ignotas y escondidas, apenas esbozadas en el mapa, entre viñedos, entrando y saliendo de dos países que hacen un sólo paisaje, de suaves dunas verdes, perdidos en algún lugar olvidado e irreal entre los Alpes y el Adriático.

22:00 pm. Durante el camino de vuelta a Bovec, a orillas del Socha, nos han caído muros de agua. La lluvia fuerte golpeaba el parabrisas dificultando la conducción. A medida que avanzábamos hacia los Alpes, el verde se volvía más fosco, las copas de los árboles más altas y los noche más oscura. Hemos pasado por el pueblo de Kobarid, más conocido para los aficionados a la historia bélica, como Caporetto, lugar de la más importante batalla de la I Guerra Mundial en el frente meridional, el menos contado. En octubre de 1917 una maniobra relámpado de las fuerzas austriacas y alemanas, descendiendo la montaña y atravesando el río, destrozaron las defensas italianas, y avanzaron sobre el llano padano. La historia me sonaba porque es la batalla que cuenta Hemingway en "Adiós a las armas", que es una novela que me gusta. La tormenta me ha trasladado al final de libro, donde hay una descripción de las filas de soldados italianos, cargando exhaustos con su equipo, demacrados y helados, arrastrando los pies en el barro bajo paredes de agua, bajando los valles, replegándose hacia el interior. Da qué pensar que no hace todavía 100 años de la I Guerra Mundial, acontecimiento fundacional del presente ¡Me ha trasladado, digo, como si nadie de mi generación pudiera imaginar lo que es estar en una trinchera entre cadáveres amontonados! En la paz es inconcebible la guerra, como en la guerra lo es la paz, la salud en la enfermedad y la enfermedad si uno está sano. Pero hace 90 años, que no son muchos, esa es una guerra a la que yo hubiera ido.

jueves, 21 de agosto de 2008

Eslovenia va primera

Hoy ha entrado un breve de prensa que merece ser reproducido aquí enteramente:

STA020 4 st 0000 AN
OLYMPICS/RESULTS
BEIJING GAMES: Slovenia Leads en In Medal per Capita=

Beijing, 18 August (STA) - Slovenia may be far away from competing with China and the US in the overall medal count at the Beijing Olympics, but four medals won through Sunday have placed it at the top of the medals per capita competition, with one medal per every 501,927 Slovenians.

Slovenia has won a noticeable array of medals so far - one judo (Lucija Polavder), one swimming (Sara Isakovic), one shooting (Rajmond Debevec) and one field (Primoz Kozmus), wrote the online edition of the Los Angeles Times, which keeps a tab on the per capita medal tally.

The gold medal won on Sunday by hammer thrower Kozmus dethroned from the top the Armenians, who have managed to get five medals out of 2,968,586 people in predominantly power sports - weightlifting (three medals) and wrestling (two)

The top 10 nations in medals per capita (until Sunday):

1 Slovenia (4) - one medal per every 501,927
2 Armenia (5) - 593,717
3 Jamaica (4) - 701,083
4 Australia (29) - 710,374
5 New Zealand (5) - 834,692
6 Belarus (10) - 968,576
7 Trinidad & Tobago (1) - 1,047,366
8 Norway (4) - 1,161,114
9 Estonia (1) - 1,307,605
10 Slovakia (4) - 1,311,187
(konec)zm/sm
STA020 2008-8-18/15:22
181522 AUG 2008

martes, 19 de agosto de 2008

Aliteraciones

Mira el mapa otra vez. Pronuncia estas palabras: Trieste, Istria, Dalmacia. El Adriático produce este tipo de aliteraciones. Is-tria. Vine aquí por esos nombres, todos ellos desdoblados en varias toponimias nacionales. Son regiones dignas de las imaginarias cortes de Shakespeare (o de D'Annunzio). Antes de leer nada de su historia, tan sólo cartografiando el territorio con la mirada, pasando mis dedos sobre el atlas, ya sabía que algo terrible y fascinante había ocurrido en esos lugares, y que quería verlo. Qué fabulosa concentración de historia: por esa parte del mapa pasaron colonias de mercaderes, imperios antiguos y modernos, hordas y poetas, repúblicas y reinos, dictaduras, naciones, etnias. Todas ellas, sin excepción, dejaron recuerdos de violencia. La costa dálmata lo prueba, tan dolorida y magullada. Trieste, con sus fosas y su lager. Istria, de vocación incierta, y desgarrada. Sus edificios valdrían para explicar el arte de todas las épocas de Europa. En Porec, el anfiteatro romano. En Pula, el templo bizantino. En Trogir, las portadas románicas. En Robinj el gótico veneciano. En Sibelik el renacimiento (y la piedra caliza que es el blanco más hermoso del mundo). En Trieste, el neoclasicismo vienés. En Opatija, la belle epoque. En todas partes, desperdigados, los horrores arquitectónicos del siglo XX. Y en todas partes, llenando todos los recovecos y callejuelas, invadiendo las plazas y naves, los turistas, borrando con pisadas de sandalias las huellas de la historia rebosante. Y yo deletreando otra vez, descomponiendo esos fonemas vibrantes, al pasar las páginas del libro.

lunes, 18 de agosto de 2008

Opatia

La ciudad de Opatia, en Istria, invita a todo tipo de nostalgias imperiales. Ayer sans-souci de la nobleza húngara, hoy capital de la carne floja y la teta recauchutada. Se entra circulando por una gran paseo marítimo, una avenida de palmeras, plátanos de sombra, y buganvillas. A un lado y a otro, hoteles y casinos de blancas fachadas, balcones balaustrados y remates modernistas, todo muy belle-époque. El engaño se deshace abruptamente. Los edificios amenazan ruina y las playas están atestadas de puestos de buhonería. El neón pintarrajea las fachadas y la música que sale de los locales a todo tronar es pura sevicia. El más ínfimo turismo de masas es aquí, por el contraste con el escenario aristocratizante, un espectáculo grosero y divertido. Nosotros habíamos reservado habitación en el Palace Belvedere, pensando que iba a ser el alojamiento noble de nuestro viaje. Ayer por la noche, comprobamos que, a pesar de su aspecto majestuoso, el hotel se llamaba, en realidad, "Palace" (así, entre comillas). Lo que debió de ser en tiempos un vestíbulo agradable es un hoy un espacio semiselvático, y los que probablemente fueron unos lujosos ascensores son hoy una cochambre de montacargas. De cada habitación de antaño han salido, sin disimulo, tres o cuatro. Al menos contamos con un gran balcón con vistas a la bahía. Al fondo se ve Rijeka (Fiume para los italianos) y debajo la barahúnda. En la acera de enfrente del hotel se ubica el paseo de la fama de Crocia: doce estrellas en las baldosas entre cuyos nombres he reconocido a algún deportista (aunque no a Davor Suker, el gran delantero de fútbol). En el desayuno, esta mañana, estaba bebiendo un hórrido café en polvo, que era el único que había. Al ver nuestras muecas de dolor un camarero con porte de boxeador, rapado y con perilla se ha acercado con cuidado de no ser visto por los otros huéspedes, con dos tazas humeantes y ha susurrado: "Here, you want the real coffee, don´t tell". Con todo, mis ataques de esnobismo son fingidos: todo este cutrerío me parece muy interesante.

domingo, 17 de agosto de 2008

Dalmacia

Mirada en un mapa, Croacia tiene forma de colmillo, guadaña o bumerán. Es una forma fantástica, que sugiere la historia del país. Nuestra ruta hoy nos lleva por la costa dálmata, que una gran ofensiva promocional presenta como un lugar idílico. Por eso la sorpresa es mayor al descubrir un paisaje duro, triste y exigente. Hace ya unas horas que salimos de Trogir, camino de Istria. Avanzamos por una carretera llena de meandros, que ingresa en el mar y retrocede una vez y otra. La primera sensación es casi de malestar. En el lado del continente el carso se precipita hacia la costa. La tierra es arrastrada por la lluvia hacia el mar, impidiendo que sedimente y el cultivo. Algunas encinas y pinos resbalan entre canchales por la ladera. Es un paisaje desértico, lunar, endurecido por el tiempo y despeluchado por el viento. Poco a poco vamos destilando su extraña belleza. Ya es tarde. El atardecer da un color naranja, terroso o malva a la piedra. Desde el coche, las largas penetraciones de la costa en el horizonte parecen el pico de un gran cocodrilo, que emergiese de un letargo bajo el barro, o quizá el cuello estirado de una tortuga. Del otro lado se suceden largas islas como enormes jirones arrancados a la costa. No hay playas. Apenas algunos muelles en pueblos recónditos (un campanario ruinoso, un faro pequeñito) donde la gente del lugar se baña en las muy saladas aguas del Adriático. Proliferan a lo largo del camino pequeños letreros ofreciendo habitación a turistas improbables en sitios imposibles, feos chalés encaramados a la piedra, lejos de las grandes urbes. El sol se va poniendo, la piedra se hace púrpura, el mar se extiende como una hoja de acero. Sí, es un lugar idílico.

Lady West

Un hombre es asesinado en Marsella y una mujer emprende un viaje a los Balcanes. El martes 9 de abril de 1934 un pistolero, nacionalista búlgaro, dispara al Rey Alejandro I de Yugoslavia mientras es conducido por las calles de Marsella. La cabeza inerte del monarca, sangrando y vencida muerta sobre el asiento de su coche descubierto recuerda hoy poderosamente el asesinato de Kennedy en Dallas. Es el primer magnicidio retransmitido en los noticieros de todo el mundo. Esta tarde lo he visto en Internet. En Londres, una mujer, ociosa, brillante, y convaleciente de una cirugía, ve la noticia. Siente en ese momento una premonición del cataclismo avecinándose. Entiende, más quizá que muchos de de sus contemporáneos, que Sarajevo se ha repetido en Marsella. Obliga a su marido a tomarse unas vacaciones y se pone camino de Yugoslavia "para ver lo que significa la historia en carne y hueso", De su viaje resulta "Cordero gris y halcón negro", que ahora leo en ese estado de excitación y sobresalto que los libros extraordinarios produce en el lector ¡Qué magnífica ingesta de palabras y qué decepción comprobar que Eslovenia no aparece en el índice! Por fortuna el libro está bien nutrido de observaciones sobre Croacia. Voy feliz por la calle con este libro de 1150 páginas en su edición de bolsillo. Arqueología, folclore, leyenda, historia, política, psicología, religión, gente. Picoteo aquí y allá en función de lo que tenga delante. M aprovecha para insistir en mi natural, espontánea preferencia, que encuentra entre idiota y graciosa, por leer antes que por ver. Le leo en voz alta los mejores párrafos en el trasbordador que nos lleva a Split, en la mesa del restaurante, por la noche en el hotel. Lo soporta con estoicismo, así es de buena M. Tan perfecta es la compenetración entre la letra impresa y la realidad que la inspira que decido no leer más que las partes dedicadas a Croacia, Istria y Dalmacia, dejado para futuras incursiones los demás capítulos. Leo acerca de los desvelos de Diocleciano por restaurar el orden en Roma exangüe; un poco más allá encuentro un excurso brillante sobre la permanencia de sectas maniqueas en Trogir; se llama mi atención sobre las singularidades de la rquitectura bizantina; se me explica cómo la costa dálmata fue despeluchada por los venecianos para construir navios y los miles de pilones que sostienen la ciudad; admiro el excelente gobierno del ilustrado Mariscal Marmont durante la fase napoleónica de la región (ay, también del Rey José, pienso); asisto a una vehemente conversación en el café entre un croata y un serbio sobre la necesidad de la existencia de Yugoslavia. Sutil, irónica, e intuitiva, precisa, erudita y contundente, así es la escritura de la señora West. Un libro perfecto, bello, redondo, de esos que inspiran un gran sentimiento de gratitud. Baste aquí citar el comienzo del primer párrafo del libro, retador:

"Querido, ya sé que te he causado muchas molestias haciéndote tomas las vacaciones ahora, y que a ti no te apetecía nada este viaje a Yugoslavia. Pero tan pronto estemos allí comprenderás por es tan importante este viaje y por qué debemos hacerlo ahora..."

sábado, 16 de agosto de 2008

A qué llamamos Balcanes

Este viaje por Croacia me permite hacerme de nuevo la pregunta: ¿A qué llamamos Balcanes? que en general los aludidos interpretan por ¿Dónde termina Occidente? Es un término equívoco, porque Balcanes, que significa "montañas" en turco, es la cordillera que nace en el Mar muerto y se creía moría en el Adriático, pero en realidad termina a mitad de Serbia. Por supuesto en Eslovenia no quieren saber nada del término: "¿Balcanes, nosotros? ¡Qué va! Nosotros somos austro-húngaros, mitteleuropa pata negra, ¡la jungla empieza en Croacia!" Los croatas dicen "¿Balcanes, nosotros? ¡No! Nosotros somos un país centroeuropeo y mediterráneo, la frontera de occidente, los últimos católicos ¡Miren nuestra catedral!" A lo que los serbios responden "No, no. Nosotros somos el último país cristiano, bastión histórico contra los turcos. ¡Más allá del Danubio, el Islam!" Después viene Macedonia, que cargada de razó, exclama "¡Alejandro!"A los griegos no se les pide explicaciones (a pesar de que el griego moderno tiene más de bandolero turco que de filófosofo en el ágora) A los albaneses nadie les pregunta. Del debate sobre el carácter europeo de Turquía no me extiendo. El último en la cola sería Israel, al que veremos pronto solicitar la adhesión a la Unión Europea. En realidad todos vienen a hacer lo mismo: clavar la estaca y decir "a partir de aquí los bárbaros" Y así la geografía se hizo ideología.

viernes, 15 de agosto de 2008

Las guerras entre nosotros

En la mayoría de reportajes sobre las guerras en los Balcanes hay un momento en que el portavoz de una familia, el abuelo o la madre, el rostro arrugado y quemado por el sol, recortados contra el fondo de una casa en ruinas, en un verde valle, dice a la cámara "antes todos vivíamos tranquilos; teníamos los mismos nombres, cantábamos las mismas canciones, comprábamos en el mismo mercado". Este testimonio, suponiendo que muchas abuelos y muchas madres piensen lo mismo, cuestiona la interpretación histórica dominante en el imaginario popular y en el departamento académico de la implosión yugoslava. Es la tesis determinista, que asume que las diferencias étnicas eran tan rotundas, tan milenarias, los odios entre pueblos tan enquistados, que pretender obligar a convivir a grupos tan disímiles dentro de un mismo Estado era algo imposible, y la desintegración sanguinaria de este Estado algo inexorable e infalible. Otra tesis, individualista, defiende que en realidad son las decisiones de hombres concretos, fanáticos, mediocres, y enloquecidos, que una coyuntura desgraciada aúpa al poder, los que determinan el resultado de la historia: son ellos los que traducen vagos sentimientos de animadversión en un programa político de separación o de exterminio. Los partidarios de esta tesis, minoritaria, creen que las cosas pudieron haber sido distintas, de haber sidos otros los hombres encaramados al mando. Los deterministas presumen que hay instintos tribales que ningún estadista puede embridar por mucho tiempo. Los individualistas tienen una idea más luminosa del ser humano. Yo pienso una cosa u otra según el humor del día. Pero cabe hacerse la siguiente reflexión: si un día España se desmembrase, o se descuartizase, en varios territorios aislados e independientes, ¿cuántos historiadores futuros no se encontrarían tentados se despachar la historia exagerando o inventando odios, enemistades y aborrecimientos seculares entre gallegos, castellanos, catalanes o vascos? Quizá dirían, como hoy decimos de los Balcanes, "estos se odiaban tanto que era inevitable". Pero no sería cierto.

jueves, 14 de agosto de 2008

Noche en Zagreb

En la página 135 de la guía Lonely Planet "Western Balkans" se puede leer: Croatia, famous for: neckties, war, Tito. Toma ya. Con estas simples presentaciones uno cruza la frontera camino de Zagreb, a dos horas apenas por autopista. A la vera de las avenidas vemos parques industriales, almacenes y hoteles de paso que calman un soterrado anhelo de metrópoli. Zagreb: "una ciutat que té l'element primitiu i espontani soterrat sota una aparença sòlida de vida occidental" en palabras de Pla (¿cuándo diantres estuvo por aquí Pla?, me pregunto) Llegamos de atardecida y cuando salimos del hotel ya es de noche. J nos espera en una plaza muy agradable y concurrida que recuerda grandemente a la Puerta del Sol. También en ella hay una estatua ecuestre de un héroe nacional, Ben Jelacic, general cuya espada apunta en dirección de Budapest, en recuerdo de la batalla en qué los croatas derrotaron a los húngaros en 1848 ¡en defensa de la dinastía austríaca! Damos un paseo y nos paramos a ver la catedral de San Esteban, que recortada contra la noche adquiere un color amarillo anaranjado muy bonito. El templo es la prueba que la ciudad esgrime en defensa de su europeidad. Aquí son exageradamente católicos -nos comenta J- para distanciarse de los serbios. Por lo demás son iguales, hablan el mismo idioma, pertenecen al mismo grupo étnico y reciben los mismos nombres. Tal es la obsesión que en la constitución croata se deja bien claro que Croacia es un país centroeuropeo y mediterráneo. Es como si la constitución española dijese que España está en Europa. Ahora que Serbia entrega a sus últimos criminales de guerra temen que acabe entrando al mismo tiempo que ellos en la Unión Europea. Subiendo por la colina llegamos a un restaurante con vistas sobre la ciudad, su zona vieja pero también los mastodontes comunistas y sus barrios periféricos. El camararo nos atiende en un buen español "aprendido en las telenovelas". Cenamos un cerdo delicioso. Las exportaciones porcinas al Imperio Austro-húngaro, he leído en la voluminosa historia de los Balcanes que me acompaña, son el origen de muchas fortunas particulares, si es que han sobrevivido, e incluso de dinastías eslavas, que bien es sabido, no lo hicieron. Disfrutamos tanto de la conversación, la noche es tan suave, las hechuras del paseo tan medidas, que decidimos salir temprano de la ciudad y mantener de Zagreb el mero recuerdo de esa noche de verano. "Una noche de cerdo tierno y luna llena", dice M con su acostumbrada e inconsciente vena poética.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Proxenos

Mi misión consiste en ocuparme de los asuntos de los españoles en Eslovenia. Son en su mayoría turistas necesitados de algún papel para poder seguir viajando. He tramitado, en lo que llevo aquí, una docena de pasaportes provisionales. También me llegan objetos perdidos que nos remite la policía eslovena; entonces mi tarea es tratar de devolver la documentación perdida a sus titulares. A veces llaman españoles quejándose de la imposición de una multa de circulación (un nuevo sistema de peaje está dando lugar a muchos abusos) y tengo que trasladar la reclamación a las autoridades. Forma parte así mismo del oficio responder a consultas planteadas por correo electrónico, que suelen provenir de empresas eslovenas que quieren instalarse en España. Hace poco asistí a L en la redacción de un poder y a J en la inscripción de un nacimiento (todavía soy novicio y no puedo hacer casi nada por mí mismo). Ahora mismo estamos estudiando la tramitación de un matrimonio que pudiera ser de conveniencia; es un asunto grave. Y hace apenas dos días que nos ocupamos de la muerte de un español que hacía senderismo con su familia. Me gusta el trabajo. Me gusta el trabajo consular (como contrapuesto al trabajo diplomático, que son las labores meramente políticas). Son tareas redondas, intímas y tangibles. Las haces y quedan hechas, hay que hacerlas. A menudo pequeñeces, pero pequeñeces perfectamente útiles, lejos de la frívola gran política. El Estado existe para que estas pequeñeces se hagan y se hagan bien. Me gusta cuando me llaman al despacho para decirme que hay alguien en ventanilla esperando. Cojo el cuaderno, me coloco el nudo de la corbata, y trato de hacer bien el trabajo.


"Los viajes de Heródoto no habrían sido posibles si hubiese sido por la figura del proxenos, es decir, del amigo del huésped, una institución al uso en aquellos tiempos. Era una especie de cónsul. Por voluntad propia o por encargo remunerado, su misión consistía en ocuparse de los viajeros llegados de aquella polis de la que él mismo era originario. Perfectamente integrado y relacionado en su nuevo lugar de residencia, se ocupaba de su conciudadano recién llegado, ayudándole a resolver un sinfín de asuntos, proporcionándole fuentes de información y facilitándole los contactos. Era muy singular el papel del proxenos en aquel extraordinario mundo en que los dioses no sólo moraban entre los mortales, sino que a menudo no se distinguían de ellos. La hospitalidad sincera era de obligado cumplimiento, pues nunca se sabía si el caminante que pedía yantar y techo era un hombre o un dios que había adoptado la apariencia humana"

"Viajes con Herodoto"
Ryszard Kapuscinsky

martes, 12 de agosto de 2008

Corazón

Esta mañana al cruzar la puerta, B, la amable recepcionista, me ha hecho señales con el teléfono en la mano. Una voz española, con voz serena, cansada y débil, me ha dado noticia de la muerte de un español durante una marcha por el monte, la tarde del domingo, en compañía de su esposa, el hermano de ésta y su mujer, que era la persona al teléfono. Hacían senderismo en las montañas que abrazan el bellísimo lago Bohinj, cerca de Bled. Concluida casi ya la etapa, vuelta hacia la caravana, bajando por una senda en apariencia sencilla, el marido y dos veces cuñado, que cerraba la fila, se resbaló en silencio por el lado de la pendiente. Un helicóptero lo rescató y trasladó a un hospital al que ya llegó muerto. Ahora llamaban para saber qué debían hacer y qué podían esperar de su Embajada. Una muerte de un ciudadano español en el extranjero entra dentro de lo que se conoce como “emergencia consular” en el oficio. Era mi primera emergencia consular. El protocolo es claro: acoger a los familiares en la Embajada, ofrecer cuanto puedan necesitar, y ocuparse de todas las formalidades (informarse de la existencia de un seguro, controlar que el cuerpo llega al depósito de cadáveres, organizar la repatriación de éste o su incineración si tal es el deseo, centralizar la información a la prensa, y facilitar el regreso de los familiares). Todo eso hemos hecho, y creo que diligentemente. La autopsia ha revelado que el fallecido tenía un defecto cardíaco oculto que ha provocado un repentino desfallecimiento, que ha provocado la caída. Lo uno sin lo otro no hubiera bastado para producir la muerte. Uno nunca cuenta con que su corazón vaya a dejar de latir. Pero pasa: sístole, diástole, sístole, nada. Pasan cosas constantemente con las que no contamos, incluso en Eslovenia. La viuda vuela camino de vuelta. Sus familiares vuelven por carretera. Yo vuelvo a casa circunspecto y satisfecho. Pocas veces puede uno terminar su jornada sabiendo tajantemente que ha hecho alfo que importa, que es importante, y que lo ha hecho bien, o al menos, ha sido útil.

lunes, 11 de agosto de 2008

Sobre un detective belga

Observo que alguien ha traducido al esloveno todas las novelas de Agatha Christie, que llenan los escaparates de las librerías. Siento envidia del chaval que vaya a leerlas por vez primera. Ninguna experiencia lectora -ninguna- me ha producido tanto placer como la lectura casi consecutiva de sus cuarenta novelas, cuando niño. Luego pienso en el tema del idioma. A veces me pregunto qué se siente cuando tu lengua materna es hablada por apenas dos millones de personas y nadie tiene el menor deseo de aprenderla si no es por improbables imperativos prácticos. Mi condición y mi circunstancia me hacen reflexionar a menudo sobre la convivencia entre lenguas. Vengo de un país donde la gente acostumbra a hablar de su lengua como si fuese un ser querido: es un engorro. Si los eslovenos se consideran a sí mismos nación es por la lengua (por más que se parezca tanto al serbo-croata. (Todo nacionalismo es en esencia nacionalismo lingüístico. Por mi parte, además de mi querencia por ciertas palabras, por los jugueteos sonoros del idioma, soy poco dado a los sentimentalismos lingüísticos: mi lengua no es mi identidad. El castellano no es la lengua que tengo en el corazón, sino la que tengo a mano (a veces barrunto la posibilidad de forzarme a escribir en otra). Pero precisamente porque el español es la tercera lengua más hablada del planeta, debo intentar ponerme en el punto de vista de los otros. He encontrado en mi despacho un libro interesante: Fragments from Slovene Literature: An anthology. Hay un artículo de Drago Jancar, el escritor más famoso del país, que viene como de molde para hablar de esto: To Write in the Language of a Small Nation. Es grato el tono relajado con que encara el asunto. Hay una parte divertida donde se burla de los escritores de su generación que escriben pensando en cómo van a ser traducidos. El esloveno posiblemente desaparezca en una centuria, dice, como también lo hará el alemán. Yo no lo creo; no creo en los quejidos de los sepultureros de las lenguas; no, no creo que el esloveno, el alemán o el catalán vayan a desaparecer pronto. Cuando suceda no pasará nada. En ningún sitio está escrito que a la Humanidad le vaya a ir peor con cincuenta lenguas que con seis mil. El griego antiguo ya no se habla, pero la cultura que vivificó nos sigue hablando. Nunca se ha traducido tanto como ahora o más gente ha tenido acceso a un educación plurilingüe. Me aburren los sepultureros de las lenguas. Las lenguas son mortales; el papel se deshace; los libros se desencuadernan; buena parte de toda literatura sera al fin olvidada; pero ninguno de nosotros estará aquí para lamentarlo, porque también somos mortales. Agatha Christie es también mortal. Hercules Poirot, algo menos.

domingo, 10 de agosto de 2008

Multicontraculti

El Barco de Colegas (friend-ship) atraca este fin de semana en Liubliana. Prometieron venir a verme y han cumplido, ¡siete nada menos! Hemos cenado en la acostumbrada pizzeria unas pizzas de tamaño familar grandes como un rueda de bicicleta. Había abundancia de cosas que contar, empezando por su viaje en el Vanesa por las costas de Croacia. La mayoría de anecdótas giraban en torno al capitán del velero, Slatko, conocido por los amigos como Braguitas, que no se cambió de camiseta ni de braga náutica en toda la travesía, que la única vez que se duchó fue sin retirar el cigarrillo de su boca, y que a falta de pata de palo tenía un sólo diente. Luego hemos salido a tomar algo y bailar, los que podían, con metas galantes. Me había enterado de tres o cuatro sitios: uno, el Panorama, regentado por bosnios, resultó estar cerrado. Otro, el As, atestado de eslovenos brazudos y rapados y rubias esculpidas en cera, era sencillamente irrespirable. Al final, después de sufrir algunas bajas, y alejándonos del centro, hemos ido a parar a una fábrica abandonada. Ningún letrero indicaba el nombre del local, pero un pequeño cartel tenía escrito "Multicontraculti party" y un flecha roja señalando el interior. Después de atravesar varios jardines semiselváticos hemos llegado a un especie de bodega donde un pollo con rastas hasta las rodillas pichaba una música. Claramente era un local ilegal regentado por okupas. Unos okupas muy burgueses, todo sea dicho, que nos han cobrado cuatro euros por entrar. La música en cuestión era balkanic-reaggaeton, y yo acostumbro odiar el reggae. Pero no estaba mal. A eso de las cuatro me he marchado a dormir. Los demás se han quedado. La calle estaba limpia de lluvia, la noche clara, la ciudad en silencio. Volver a casa solo, en la tranquilidad de la madrugada alta, ligeramente aturdido, prolongando ociosamente la vigilia, ese es siembre el mejor momento de cualquier juerga. Al menos de mis mejores juergas, que ya no tocan, y menos mal.

sábado, 9 de agosto de 2008

Karadjik

La historia del pasado siglo demostró que cualquier pueblo, sea cual fuere el grado de refinamiento alcanzado por su cultura, puede degenerar en horda si es convenientemente aleccionado por un caudillo ayudado de algún cura o poeta de prestigio. También en las guerras de los Balcanes encontramos a los poetas en labores de zapa ideológica, horadando las sucesivas capas de cultura que impiden que un pueblo vuelva a su estadio de barbarie. Solo entonces puede el líder vuelto caudillo perpetrar operaciones de limpieza étnica que, en su fuero interno, el grueso de la población ya ha perdonado, u acaso oscuramente las desea. Desgana de cultura lo llamó Freud. Este contubernio de poetas y generales es lo que Zizec denomina el complejo poético-militar . Todo esto viene a cuento de la detención del criminal de guerra Radovan Karadjik, fugado criminal de guerra y laureado poeta de la Yugoslavia de Milósevic. Dice Zizec:

"La referencia a una identificación étnica apasionada, en vez de contenernos, sirve de llamamiento liberador: "¡Podéis!". Podéis infringir las estrictas normas de la convivencia pacífica en una sociedad tolerante y liberal, podéis beber y comer lo que queráis, asumir costumbres patriarcales que la corrección política liberal prohíbe, incluso odiar, luchar, matar y violar... Sin reconocer plenamente este efecto pseudoliberador del nacionalismo actual, estamos condenados a no poder comprender su verdadera dinámica"

Un poco más abajo:

"Para evitar creer que el complejo poético-militar es una especialidad de los Balcanes, habría que mencionar por lo menos a Hassan Ngeze, el Karadzic de Ruanda, que, en su periódico Kangura, difundía de forma sistemática el odio contra los tutsis y hacía llamamientos al genocidio. Y es demasiado facilón despreciar a Karadzic y compañía y decir que son malos poetas: otras naciones ex yugoslavas (y la propia Serbia) tuvieron poetas y escritores reconocidos como "grandes" y "auténticos" que también se involucraron de lleno en proyectos nacionalistas. ¿Y qué decir del austriaco Peter Handke, un clásico de la literatura contemporánea europea, que asistió de forma muy sentida al funeral de Slobodan Milosevic?"

Zizec recuerda que Platón expulsó a los poetas de su ciudad. Ciertamente, pero si lo hizo fue por imperativo teórico: los artistas duplican una realidad que ya de por sí es copia del mundo de las ideas: el arte es copia de un copia, y en suma confusión y pérdida de tiempo. En este razonamiento late una intuición que a veces me he formulado así: en el origen de toda violencia, personal, estatal o facciosa, hay un desprendimiento de la realidad, y eso, alejarse de lo real, es precisamente lo que hace la literatura. En cierto sentido se puede decir que el nacionalismo es una herejía de la literatura. Es ella, y no la razón como quería Nietszche, "esa vieja hembra embaucadora".

"Probablemente esta sea la única guerra de la historia planeada y dirigida por escritores" (Marko Vesovic, citado por Isabel Núñez en Si un arbol cae).

viernes, 8 de agosto de 2008

Tatiana, my love

Tatiana es mi casera. En algo debe de superar los sesenta años. Es una mujer enérgica, con inequívoco aspecto de astróloga o echadora de cartas. Su pelo rizado y estropajoso rodea como un nimbo eléctrico su cabeza. Lleva el rostro, que aguanta bien las arrugas de la edad, pintado o pintarrajeado, con mucha sombra de ojos bajo sus ojos azules. Viste siempre túnica y abalorios. Esta casada con Bruno, que sin duda le va a la zaga a su esposa en cuanto a personalidad. Cuando me invitó a firmar el contrato a su piso me presentó a su hija postadolescente, que estaba retozando con su novio en el salón. Me llama "Amor", o más literalmente "My love". Si me la encuentro siempre me dice "My love, my love, how wonderful you are". Ahora que M ha venido Tatiana me ha dicho que ya que "my woman" está aquí, podría hacer ella el "cleaning" y así no le paga a la muchacha bosnia que viene un par de veces por semana a casa. Da igual porque me escamotea el servicio en cuanto puede. Me pregunto de dónde habrá sacado Tatiana el dinero para tener medio inmueble en el centro histórico de Liubliana, a pocos números del Ayuntamiento. Son varios pisos, demasiados metros cuadrados para un matrimonio con una hija más el novio. Me malicio que hizo negocio con el cambio de régimen. Los cambios de régimen son tiempos propicios a la picaresca, al oportunismo, y en última instancia, al pillaje. Tengo que sonsacarle. Tienen otra casa en la playa, en Piran. También me pregunto cómo demonios ha ido acumulado tantas "antiques", que es como ella llama a los trastos de variada índole que hermosean su casa. Está como loca buscando un nuevo inquilino para cuando yo me vaya. La vieja Tatiana, un poco estafadora, sí, pero buena mujer.

jueves, 7 de agosto de 2008

Como es verano

Como es verano, todos los días me tomo un helado. El helado tiene mucha tradición en Eslovenia, como en Italia y Croacia. Por la calle ves muchos carritos. Las bolas aquí son más cremosas que en España, donde el helado se sirve compacto y macizo. Como el chocolate. E, el encargado de cifra, me ha dicho que es una industria del carrito está controlada por la mafia kosovar ¡Ya querrían esta mafia en Italia! Me he fijado esta tarde y no he encontrado en el rostro del tendero ningún rasgo que delatara su procedencia. Me pregunto a menudo qué es eslavo, desde el punto de vista del aspecto. Algún aspecto tendrá que tener. En principio el eslavo tiene los ojos algo más achinados que el caucásico, o sea, nosotros, y la cara algo más ovalada, el pelo rubio y por lo que veo las piernas más largas y bonitas. Tiene también un oído finísimo que le permite aprender lenguas con facilidad. Pero espera, el kosovar no es eslavo, es albanés. Bueno, no sé. Yo sigo merendando en la terraza de una cafetería por encima del río. Llevo un par de libros. Leo unas docenas de páginas, descanso la cabeza y vuelvo a leer. El bullicio silencioso y ordenado que caracteriza el centro de Liubliana continúa. El público es eminentemente joven. Leer sentado en una terraza en verano es un ritual de hombres felices y puede que yo lo sea en este mismo instante. Es el primer verano que paso íntegramente fuera de España. Es también el primero de muchos que paso tranquilo, despreocupado, con el ánimo enderezado. Los últimos veranos han sido difíciles. Las horas de luz se estiraban, inclementes. Largas y lentas horas de luz. Ahora no, y se me hace extraño. He tenido suerte. Incipit vita nova.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Magris

He leído con interés el tratado sobre Triesta de Claudio Magris y Angelo Ara. En capítulos alternos, el primero descubre la ciudad vista y sentida por sus escritores, en particular Scipio Slataper, Italo Svevo y Umberto Saba. El segundo describe minuciosamente la historia política de la urbe, desde 1719, año en que un decreto del emperador Carlos VI convierte Trieste en puerto franco, hasta la actualidad. Es decir, la historia que ha hecho pasar a Trieste de ciudad austríaca, de lealtad dinástica y trasnacional, vital y burguesa, a ser una ciudad fiera y penosamente italiana, republicana y esquizoide. La prosa de Magris me carga: está encharcada de citas y se me hace demasiado solemne. Como otros europeos cultivados Magris está concernido por las constantes erupciones nacionalistas que entumecen Europa. Bien está. Cabe, no obstante, reprochar a autores como Magris o Steiner, espíritus genuinamente europeos, su excesivo tacto con el narcisismo de las pequeñas diferencias. El banal encomio de la diversidad cultural -el becerro de oro de nuestra época– me mata de aburrimiento. Muchas veces no es más que farfolla retórica al deseo de justificar la endogamia y el aislamiento, o aun el racismo. ¿La diversidad enriquece? La diversidad enriquece a aquellos en quienes la mezcla se ha producido. Aquellos que por obra de la mezcla nacen hablando cuatro lenguas, aquellos que hacen suyas, propias, varias tradiciones. La timorata y confusa pedagogía de la diferencia ha de ser reemplazada por una desacomplejada y audaz pedagogía de la mezcla. Es de ese mestizaje del que cabe esperar el nacimiento de una conciencia verdaderamente europea.

("La tarea histórica de Trieste es la de ser crisol y propagadora de civilización, de tres civilizaciones" Scipio Slataper, Scritti politici, citado por Claudio Magris)

martes, 5 de agosto de 2008

El hombre que pudo reinar

La catedral de San Giusto ocupa una pequeña explanada en lo alto de Trieste con antiguos restos romanos junto a un castillo medieval. Es una achaparrada iglesia de ladrillo rojizo donde sucesivos estilos se han ido apelotonando hasta desfigurarla. Del interior nada hay que destacar, salvo una muy fea pintura en la bóveda del ábside, entre pop y bizantina, que no debe ser muy antigua. Dudo que ningún triestino sepa que en una de las capillas laterales de su catedral están enterrados ciertos reyes de España: los irredentos reyes carlistas. Aquí yace el Infante Carlos María Isidro, el melancólico, preterido, y olvidado hermano de Fernando VII, que en vida se tuvo por Carlos V de España. A su lado su primogénito, Carlos VI, y a su otra vera Juan III, su segundo. Un poco más apartado Carlos VII, ya muerto en 1908, y todos ellos rodeados de sus esposas, en lápidas negras con sus imaginarios títulos inscritos en latón en letras doradas. Después de la primera guerra carlista Don Carlos se llevó su corte ambulante a Trieste, a vivir de alquilado. Ya digo que los triestinos deben de ignorar la presencia de este fantasmal pedazo de historia de España, y muy seguramente los turistas españoles ni se enteren, lo cual no es que sea muy reprochable. La sucesión de Fernando VII fue un cachondeo, como lo fue todo el siglo XIX español, de perdurables consecuencias. Hoy ver esta tumba es apenas una curiosidad satisfecha para un aficionado a la historia, aunque cansado ya de ella, y un fetiche para los extravagantes e inofensivos tradicionalistas que todavía hay en España, sobre todo en Navarra. Ser carlista en España es como ser comunista en Inglaterra: no se corre peligro de tener que aplicar el programa. Ignoro el nombre del actual rey, irreconocido e irreconocible, aunque creo que la dinastía anda dividida en varias facciones, unas de derechas y otras de izquierdas, cada una con su pretendiente.

lunes, 4 de agosto de 2008

Cuando la ciudad huele a café

Dijo L:

"No entiendo que Trieste te puede aburrir. Es que lo has hecho mal. Para empezar, a las mujeres hay que despertarlas a las cinco de la mañana, para que a las siete estén listas. Así puedes llegar a Trieste a las ocho de la mañana, cuando la ciudad entera huele a café recién hecho, y te desayunas en el Duque de Aosta leyendo el periódico. Yo voy tres veces por semana, entre semana, a cenar, y los fines de semana a hacer la compra. Lo bueno de estar destinado en Liubliana, que es un pueblo, es poder plantarte en Trieste para cenar y volver. Mira, yo soy un gran defensor del Imperio Austro-húngaro. La desaparición de Austria-Hungría es una de las desgracias mayores de la historia, figúrate, tú y yo estaríamos ahora destinados en Viena, aquí no habría ni consulado. La unificación italiana también fue otra calamidad; tendríamos varias ciudades italianas entre las que escoger: Génova, Venecia, Turín, Nápoles... un desastre para la carrera, vaya. Volviendo a Trieste, ¿puro pasado? ¡Pues claro! El domingo me planto en la Piazza grande y me encuentro con una manifestación ¡contra las leyes raciales de Mussolinni! no ha llovido ni nada... Pero a mí me encanta. Sigo dándole vueltas a alquilar una cueva en Trieste para el verano y convertirme en un commuter o cómo se diga. Cada día me gusta más. Ya conocemos alguna gente de allí. Pintores, periodistas...todos zurdos. Mira, Trieste se suicidó; con lo bien que estarían ahora siendo el puerto que Austria no tiene..."

domingo, 3 de agosto de 2008

Trieste, una y trina

Desde el Molo audace, un muelle más concebido como mirador, la ciudad de Trieste puede ser examinada atentamente. La Piazza de l'unità d´Italia o Piazza Grande, forma un perfecto rectángulo, custodiado por dos alabardas de hierro, de unos treinta metros de altura, en el extremo que se abre al mar. Se apoyan sobre dos pedestales esculpidos con figuras de soldados, de la I Guerra mundial, en un estética más bien fascista. En una inscripción se puede leer "A los caídos por la italianidad de Trieste". El fondo de la plaza lo ocupa el Palazzo municipale, edificio barroco con aire de Hôtel de Ville parisino, de larga fachada y fino como una oblea. A su derecha y a nuestra izquiera se levanta el Palazzo del Governo, delegación del gobierno italiano, macizo edificio neoclásico con detalles bizantinos. Cierra el rectángulo el Palazzo de la Giunta regionale, antigua sede del Lloyd triestino, de estilo vienés. El edificio del gobierno italiano mira de reojo al ayuntamiento, como fiscalizando sus veleidades eslavas y austriacas. Estoy en Trieste, una y trina, contradictoria y simultánea. En ella se suporponen el mundo germánico, eslavo e italiano, y cada ingrediente en una dosis imperfecta que vuelve la ciudad insulsa y su historia extenuante. Desde hace más de dos siglos todo lo que en Europa ha sucedido de trascendental se ha anticipado, escenificado y quintaesenciado en Trieste. Quien conoce su historia conoce la historia de Europa. Ayer el mayor puerto del Imperio Austro-húngaro, hoy una apartada ciudad de Italia. Como toda nostalgia produce neurosis la mayoría de calles, bautizadas con los nombres de cuántos italianos ilustres ha habido, conservan en letra más pequeña su antiguo nombre. Qué ciudad más agotadora. Las fachadas descascarilladas, sus templos en reformas, su callejero caótico. Jamás como en Trieste he experimentado una desgana de historia, de cansancio y de decadencia. Europa, donde todo ha sucedido, se muere.

viernes, 1 de agosto de 2008

Sin objetivo

Una de las servidumbres de las que me he liberado para este viaje es la cámara de fotos. Ni la llevo ni la echo en falta. Existen varios motivos: el peso que me quitado, literalmente, de encima, no es el menor entre ellos. Hay otro: el propósito de educar la mirada, de aprender a ver. Así como los teléfonos móviles han banalizado terriblemente el acto de conversar, y lo que es peor, erradicado el instructivo hábito de guardar silencio, la proliferación de cámaras digitales ha trivializado la experiencia visual y, posiblemente, el mero hecho de viajar. El turista armado de cámara, raramente un buen fotógrafo, ya no ve, sólo mira incesantemente por el objetivo. Es un ejemplo más de hiperrealidad, ese concepto un tanto oscuro del filósofo Baudrillard que ahora comienzo a comprender. Lo virtual reemplaza a lo real. El turista no quiere sino fotos, no encuentros. El yo estuve allí, sin haber estado realmente allí. Al empezar este viaje me propuse no tener fotos sino recuerdos, y no enseñar fotos sino contarlas, y de ahí esta bitácora. Emanciparse de la cámara es también liberarse de la dictadura del paisaje bonito, y darse cuenta de que apenas hay un pedazo de calle en este mundo que no lo sea. Finalmente, síntoma o causa de la ausencia de cámara es algo que vengo observando últimamente: cada vez soy un ser menos nostálgico. Lo vivo como algo bueno, signo de madurez. Ya no guardo cada papelito que se cruza en mi camino, cada entrada de teatro, cada cinta regalada, cada foto con cada individuo que he conocido. Guardo algunas cosas, pero no todas ni la mayoría. Estoy, a más de aprendiendo a ver, aprendiendo a guardar. Como guardaré el baño de hoy en el lago de Bohinj, al pie de los Alpes Julianos, el resol del atardecer que no quema, y las tiras de agua helada que el cuerpo siempre agradece.