martes, 5 de agosto de 2008
El hombre que pudo reinar
La catedral de San Giusto ocupa una pequeña explanada en lo alto de Trieste con antiguos restos romanos junto a un castillo medieval. Es una achaparrada iglesia de ladrillo rojizo donde sucesivos estilos se han ido apelotonando hasta desfigurarla. Del interior nada hay que destacar, salvo una muy fea pintura en la bóveda del ábside, entre pop y bizantina, que no debe ser muy antigua. Dudo que ningún triestino sepa que en una de las capillas laterales de su catedral están enterrados ciertos reyes de España: los irredentos reyes carlistas. Aquí yace el Infante Carlos María Isidro, el melancólico, preterido, y olvidado hermano de Fernando VII, que en vida se tuvo por Carlos V de España. A su lado su primogénito, Carlos VI, y a su otra vera Juan III, su segundo. Un poco más apartado Carlos VII, ya muerto en 1908, y todos ellos rodeados de sus esposas, en lápidas negras con sus imaginarios títulos inscritos en latón en letras doradas. Después de la primera guerra carlista Don Carlos se llevó su corte ambulante a Trieste, a vivir de alquilado. Ya digo que los triestinos deben de ignorar la presencia de este fantasmal pedazo de historia de España, y muy seguramente los turistas españoles ni se enteren, lo cual no es que sea muy reprochable. La sucesión de Fernando VII fue un cachondeo, como lo fue todo el siglo XIX español, de perdurables consecuencias. Hoy ver esta tumba es apenas una curiosidad satisfecha para un aficionado a la historia, aunque cansado ya de ella, y un fetiche para los extravagantes e inofensivos tradicionalistas que todavía hay en España, sobre todo en Navarra. Ser carlista en España es como ser comunista en Inglaterra: no se corre peligro de tener que aplicar el programa. Ignoro el nombre del actual rey, irreconocido e irreconocible, aunque creo que la dinastía anda dividida en varias facciones, unas de derechas y otras de izquierdas, cada una con su pretendiente.
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