viernes, 1 de agosto de 2008
Sin objetivo
Una de las servidumbres de las que me he liberado para este viaje es la cámara de fotos. Ni la llevo ni la echo en falta. Existen varios motivos: el peso que me quitado, literalmente, de encima, no es el menor entre ellos. Hay otro: el propósito de educar la mirada, de aprender a ver. Así como los teléfonos móviles han banalizado terriblemente el acto de conversar, y lo que es peor, erradicado el instructivo hábito de guardar silencio, la proliferación de cámaras digitales ha trivializado la experiencia visual y, posiblemente, el mero hecho de viajar. El turista armado de cámara, raramente un buen fotógrafo, ya no ve, sólo mira incesantemente por el objetivo. Es un ejemplo más de hiperrealidad, ese concepto un tanto oscuro del filósofo Baudrillard que ahora comienzo a comprender. Lo virtual reemplaza a lo real. El turista no quiere sino fotos, no encuentros. El yo estuve allí, sin haber estado realmente allí. Al empezar este viaje me propuse no tener fotos sino recuerdos, y no enseñar fotos sino contarlas, y de ahí esta bitácora. Emanciparse de la cámara es también liberarse de la dictadura del paisaje bonito, y darse cuenta de que apenas hay un pedazo de calle en este mundo que no lo sea. Finalmente, síntoma o causa de la ausencia de cámara es algo que vengo observando últimamente: cada vez soy un ser menos nostálgico. Lo vivo como algo bueno, signo de madurez. Ya no guardo cada papelito que se cruza en mi camino, cada entrada de teatro, cada cinta regalada, cada foto con cada individuo que he conocido. Guardo algunas cosas, pero no todas ni la mayoría. Estoy, a más de aprendiendo a ver, aprendiendo a guardar. Como guardaré el baño de hoy en el lago de Bohinj, al pie de los Alpes Julianos, el resol del atardecer que no quema, y las tiras de agua helada que el cuerpo siempre agradece.
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