viernes, 22 de agosto de 2008

El río, la Subida, la tormenta

11:00 am. Nos hemos levantado pronto para ir a hacer rafting en el valle del Socha, en plenos Alpes Julianos, muy cerca de la frontera italiana. El rafting es un deporte entusiásticamente llamado de aventura, si bien L recuerda que el río Socha no es el Zambeze. El día estaba nublado y el agua transparente, esmeralda o turquesa, porque la piedra caliza de la orilla se va disolviendo y la va limpiando. Éramos ocho con traje, chaleco y casco, pero el monitor se sobraba para manejar la balsa desde el timón, mientras alentaba con sus órdenes la ilusión de que nuestros fieros golpes de remo ayudaban en algo. Me ha sorprendido su íntimo conocimiento del río y de sus escollos. Con una gran economía de esfuerzos, aprovechando las leyes de la corriente, ha llevado la balsa con suavidad hasta el final del trayecto. Claro que es un recorrido fácil y cotidiano para él. Pero me ha parecido que en todo aquel despliegue de sencillez había lecciones para la vida de uno.

17:00 pm. Hemos comido hasta la gula en el mejor restaurante esloveno, que está en Italia. El menú constaba de ocho platos, y al tercero ya estábamos pecando. El sitio, entre Goritzia y Udine, se llamaba "La Subida", y también ofrecía un alojamiento rural muy apetecible. Lo único que se puede decir de la comida es que estaba buena. Ha sido nuestro postrer intento por comer verdaderamente bien, aunque fuese una vez, saborear algo verdaderamente sabroso o sorprendente, algo cabal y honesto, en Eslovenia. El lugar, en cambio, era maravilloso. Hemos conducido durante horas por carreteras regionales, ignotas y escondidas, apenas esbozadas en el mapa, entre viñedos, entrando y saliendo de dos países que hacen un sólo paisaje, de suaves dunas verdes, perdidos en algún lugar olvidado e irreal entre los Alpes y el Adriático.

22:00 pm. Durante el camino de vuelta a Bovec, a orillas del Socha, nos han caído muros de agua. La lluvia fuerte golpeaba el parabrisas dificultando la conducción. A medida que avanzábamos hacia los Alpes, el verde se volvía más fosco, las copas de los árboles más altas y los noche más oscura. Hemos pasado por el pueblo de Kobarid, más conocido para los aficionados a la historia bélica, como Caporetto, lugar de la más importante batalla de la I Guerra Mundial en el frente meridional, el menos contado. En octubre de 1917 una maniobra relámpado de las fuerzas austriacas y alemanas, descendiendo la montaña y atravesando el río, destrozaron las defensas italianas, y avanzaron sobre el llano padano. La historia me sonaba porque es la batalla que cuenta Hemingway en "Adiós a las armas", que es una novela que me gusta. La tormenta me ha trasladado al final de libro, donde hay una descripción de las filas de soldados italianos, cargando exhaustos con su equipo, demacrados y helados, arrastrando los pies en el barro bajo paredes de agua, bajando los valles, replegándose hacia el interior. Da qué pensar que no hace todavía 100 años de la I Guerra Mundial, acontecimiento fundacional del presente ¡Me ha trasladado, digo, como si nadie de mi generación pudiera imaginar lo que es estar en una trinchera entre cadáveres amontonados! En la paz es inconcebible la guerra, como en la guerra lo es la paz, la salud en la enfermedad y la enfermedad si uno está sano. Pero hace 90 años, que no son muchos, esa es una guerra a la que yo hubiera ido.

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