jueves, 28 de agosto de 2008

Sobre la inconveniencia de hacer maletas

Soy muy perezoso. Séneca dice que la tristeza no es más y casi siempre que pereza pero en mi caso creo que es al revés. Mi noviciado en Liubliana se termina y por delante queda apenas la ímproba tarea de hacer las maletas, que esta vez serán muchas. Siempre es penoso hacer maletas. Requiere diligencia, meticulosidad y disposición. Conviene hacerlas bien, porque hacer bien las cosas siempre es más divertido. Doblar bien un pantalón, por ejemplo, produce un moderado sentimiento de aprobación. Pero marchar, en general, es algo difícil. Uno empieza a irse mucho antes de marcharse. Hay un lento y confuso cambio de paradigma, una realidad que se va transfigurando febrilmente. Aflora la contradicción pura de querer ir y desear permanecer al mismo tiempo, que es la tensión en la que nos movemos a menudo los animales humanos. Me quiero ir, me quiero quedar; vuelvo a casa, ya estoy en casa. Cualquier rincón del mundo es bueno para soñar, dijo Julio Camba. El viaje de vuelta también será largo, en varias etapas. Viajar cansa, y a última hora siempre parece que nos quedasen tantas cosas por hacer. A veces imagino un día en que todos los viajes ya estén hechos, como todos los libros leídos. Los libros, viajo siempre con demasiados libros. Empeño ridículo de hacer de sherpa. Es inevitable ponerse un poco triste. Es improbable que vuelva pronto a Liubliana; de hecho es posible que no tenga que regresar nunca. Me llevo buen recuerdo. Hacer maletas, ya digo, puede ser deprimente. Pero esta vez, no. Porque hacer maletas en compañía es como no hacerlas, porque no te mueves de donde quieres estar.

No hay comentarios: