lunes, 11 de agosto de 2008
Sobre un detective belga
Observo que alguien ha traducido al esloveno todas las novelas de Agatha Christie, que llenan los escaparates de las librerías. Siento envidia del chaval que vaya a leerlas por vez primera. Ninguna experiencia lectora -ninguna- me ha producido tanto placer como la lectura casi consecutiva de sus cuarenta novelas, cuando niño. Luego pienso en el tema del idioma. A veces me pregunto qué se siente cuando tu lengua materna es hablada por apenas dos millones de personas y nadie tiene el menor deseo de aprenderla si no es por improbables imperativos prácticos. Mi condición y mi circunstancia me hacen reflexionar a menudo sobre la convivencia entre lenguas. Vengo de un país donde la gente acostumbra a hablar de su lengua como si fuese un ser querido: es un engorro. Si los eslovenos se consideran a sí mismos nación es por la lengua (por más que se parezca tanto al serbo-croata. (Todo nacionalismo es en esencia nacionalismo lingüístico. Por mi parte, además de mi querencia por ciertas palabras, por los jugueteos sonoros del idioma, soy poco dado a los sentimentalismos lingüísticos: mi lengua no es mi identidad. El castellano no es la lengua que tengo en el corazón, sino la que tengo a mano (a veces barrunto la posibilidad de forzarme a escribir en otra). Pero precisamente porque el español es la tercera lengua más hablada del planeta, debo intentar ponerme en el punto de vista de los otros. He encontrado en mi despacho un libro interesante: Fragments from Slovene Literature: An anthology. Hay un artículo de Drago Jancar, el escritor más famoso del país, que viene como de molde para hablar de esto: To Write in the Language of a Small Nation. Es grato el tono relajado con que encara el asunto. Hay una parte divertida donde se burla de los escritores de su generación que escriben pensando en cómo van a ser traducidos. El esloveno posiblemente desaparezca en una centuria, dice, como también lo hará el alemán. Yo no lo creo; no creo en los quejidos de los sepultureros de las lenguas; no, no creo que el esloveno, el alemán o el catalán vayan a desaparecer pronto. Cuando suceda no pasará nada. En ningún sitio está escrito que a la Humanidad le vaya a ir peor con cincuenta lenguas que con seis mil. El griego antiguo ya no se habla, pero la cultura que vivificó nos sigue hablando. Nunca se ha traducido tanto como ahora o más gente ha tenido acceso a un educación plurilingüe. Me aburren los sepultureros de las lenguas. Las lenguas son mortales; el papel se deshace; los libros se desencuadernan; buena parte de toda literatura sera al fin olvidada; pero ninguno de nosotros estará aquí para lamentarlo, porque también somos mortales. Agatha Christie es también mortal. Hercules Poirot, algo menos.
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