miércoles, 27 de agosto de 2008

Spleen de Liubliana

Lady M y yo hemos dado el último paseo por la calle del río. La ciudad y sus terrazas permanecen en su anodino alboroto, que el regreso de los estudiantes para el nuevo curso apenas tonifica. Desde uno de los tres puentes la estampa que presenta la ciudad, en este atardecer, con sus mohínos sauces cayendo sobre las aguas, y sus fachadas rosas de cartón piedra, es el del papel pintado de una ópera que podría ser La Bohéme. Las mesas en las calle están repletas de comensales, pero como dice M ni la comida huele en Liubliana. Esta ciudad es un muermo. Podría haberme tirado aquí cincuenta años más y no habría ocurrido nada, y todavía estoy joven para desear tal grado de ataraxia. Eslovenia es un Estado viable y serio, funcional, pero tiene hechuras de provincia. Es lo más parecido quizá, a vivir en un rincón tranquilo del Imperio Austro-húngaro, circa 1900, llevando un sosegada existencia de provincias antes del fin del mundo. Puro mundo de ayer. Lo echaré de menos, pienso, cuando me envuelva la violenta alegría de Madrid. Querré volver, quizá, a esta ciudad sin ángel, porque he sido feliz aquí, y porque poca gente podría señalar este país en el mapa. Me he iniciado en el oficio y me ha gustado. Me llevo pocos nombres anotados, y el comienzo de una amistad que espero duradera. He buscado souvenirs, y al final el único que he guardado en la maleta es un pasaporte de un país que ya no existe.

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