viernes, 15 de agosto de 2008
Las guerras entre nosotros
En la mayoría de reportajes sobre las guerras en los Balcanes hay un momento en que el portavoz de una familia, el abuelo o la madre, el rostro arrugado y quemado por el sol, recortados contra el fondo de una casa en ruinas, en un verde valle, dice a la cámara "antes todos vivíamos tranquilos; teníamos los mismos nombres, cantábamos las mismas canciones, comprábamos en el mismo mercado". Este testimonio, suponiendo que muchas abuelos y muchas madres piensen lo mismo, cuestiona la interpretación histórica dominante en el imaginario popular y en el departamento académico de la implosión yugoslava. Es la tesis determinista, que asume que las diferencias étnicas eran tan rotundas, tan milenarias, los odios entre pueblos tan enquistados, que pretender obligar a convivir a grupos tan disímiles dentro de un mismo Estado era algo imposible, y la desintegración sanguinaria de este Estado algo inexorable e infalible. Otra tesis, individualista, defiende que en realidad son las decisiones de hombres concretos, fanáticos, mediocres, y enloquecidos, que una coyuntura desgraciada aúpa al poder, los que determinan el resultado de la historia: son ellos los que traducen vagos sentimientos de animadversión en un programa político de separación o de exterminio. Los partidarios de esta tesis, minoritaria, creen que las cosas pudieron haber sido distintas, de haber sidos otros los hombres encaramados al mando. Los deterministas presumen que hay instintos tribales que ningún estadista puede embridar por mucho tiempo. Los individualistas tienen una idea más luminosa del ser humano. Yo pienso una cosa u otra según el humor del día. Pero cabe hacerse la siguiente reflexión: si un día España se desmembrase, o se descuartizase, en varios territorios aislados e independientes, ¿cuántos historiadores futuros no se encontrarían tentados se despachar la historia exagerando o inventando odios, enemistades y aborrecimientos seculares entre gallegos, castellanos, catalanes o vascos? Quizá dirían, como hoy decimos de los Balcanes, "estos se odiaban tanto que era inevitable". Pero no sería cierto.
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