lunes, 4 de agosto de 2008

Cuando la ciudad huele a café

Dijo L:

"No entiendo que Trieste te puede aburrir. Es que lo has hecho mal. Para empezar, a las mujeres hay que despertarlas a las cinco de la mañana, para que a las siete estén listas. Así puedes llegar a Trieste a las ocho de la mañana, cuando la ciudad entera huele a café recién hecho, y te desayunas en el Duque de Aosta leyendo el periódico. Yo voy tres veces por semana, entre semana, a cenar, y los fines de semana a hacer la compra. Lo bueno de estar destinado en Liubliana, que es un pueblo, es poder plantarte en Trieste para cenar y volver. Mira, yo soy un gran defensor del Imperio Austro-húngaro. La desaparición de Austria-Hungría es una de las desgracias mayores de la historia, figúrate, tú y yo estaríamos ahora destinados en Viena, aquí no habría ni consulado. La unificación italiana también fue otra calamidad; tendríamos varias ciudades italianas entre las que escoger: Génova, Venecia, Turín, Nápoles... un desastre para la carrera, vaya. Volviendo a Trieste, ¿puro pasado? ¡Pues claro! El domingo me planto en la Piazza grande y me encuentro con una manifestación ¡contra las leyes raciales de Mussolinni! no ha llovido ni nada... Pero a mí me encanta. Sigo dándole vueltas a alquilar una cueva en Trieste para el verano y convertirme en un commuter o cómo se diga. Cada día me gusta más. Ya conocemos alguna gente de allí. Pintores, periodistas...todos zurdos. Mira, Trieste se suicidó; con lo bien que estarían ahora siendo el puerto que Austria no tiene..."

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