jueves, 14 de agosto de 2008

Noche en Zagreb

En la página 135 de la guía Lonely Planet "Western Balkans" se puede leer: Croatia, famous for: neckties, war, Tito. Toma ya. Con estas simples presentaciones uno cruza la frontera camino de Zagreb, a dos horas apenas por autopista. A la vera de las avenidas vemos parques industriales, almacenes y hoteles de paso que calman un soterrado anhelo de metrópoli. Zagreb: "una ciutat que té l'element primitiu i espontani soterrat sota una aparença sòlida de vida occidental" en palabras de Pla (¿cuándo diantres estuvo por aquí Pla?, me pregunto) Llegamos de atardecida y cuando salimos del hotel ya es de noche. J nos espera en una plaza muy agradable y concurrida que recuerda grandemente a la Puerta del Sol. También en ella hay una estatua ecuestre de un héroe nacional, Ben Jelacic, general cuya espada apunta en dirección de Budapest, en recuerdo de la batalla en qué los croatas derrotaron a los húngaros en 1848 ¡en defensa de la dinastía austríaca! Damos un paseo y nos paramos a ver la catedral de San Esteban, que recortada contra la noche adquiere un color amarillo anaranjado muy bonito. El templo es la prueba que la ciudad esgrime en defensa de su europeidad. Aquí son exageradamente católicos -nos comenta J- para distanciarse de los serbios. Por lo demás son iguales, hablan el mismo idioma, pertenecen al mismo grupo étnico y reciben los mismos nombres. Tal es la obsesión que en la constitución croata se deja bien claro que Croacia es un país centroeuropeo y mediterráneo. Es como si la constitución española dijese que España está en Europa. Ahora que Serbia entrega a sus últimos criminales de guerra temen que acabe entrando al mismo tiempo que ellos en la Unión Europea. Subiendo por la colina llegamos a un restaurante con vistas sobre la ciudad, su zona vieja pero también los mastodontes comunistas y sus barrios periféricos. El camararo nos atiende en un buen español "aprendido en las telenovelas". Cenamos un cerdo delicioso. Las exportaciones porcinas al Imperio Austro-húngaro, he leído en la voluminosa historia de los Balcanes que me acompaña, son el origen de muchas fortunas particulares, si es que han sobrevivido, e incluso de dinastías eslavas, que bien es sabido, no lo hicieron. Disfrutamos tanto de la conversación, la noche es tan suave, las hechuras del paseo tan medidas, que decidimos salir temprano de la ciudad y mantener de Zagreb el mero recuerdo de esa noche de verano. "Una noche de cerdo tierno y luna llena", dice M con su acostumbrada e inconsciente vena poética.

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