He leído con interés el tratado sobre Triesta de Claudio Magris y Angelo Ara. En capítulos alternos, el primero descubre la ciudad vista y sentida por sus escritores, en particular Scipio Slataper, Italo Svevo y Umberto Saba. El segundo describe minuciosamente la historia política de la urbe, desde 1719, año en que un decreto del emperador Carlos VI convierte Trieste en puerto franco, hasta la actualidad. Es decir, la historia que ha hecho pasar a Trieste de ciudad austríaca, de lealtad dinástica y trasnacional, vital y burguesa, a ser una ciudad fiera y penosamente italiana, republicana y esquizoide. La prosa de Magris me carga: está encharcada de citas y se me hace demasiado solemne. Como otros europeos cultivados Magris está concernido por las constantes erupciones nacionalistas que entumecen Europa. Bien está. Cabe, no obstante, reprochar a autores como Magris o Steiner, espíritus genuinamente europeos, su excesivo tacto con el narcisismo de las pequeñas diferencias. El banal encomio de la diversidad cultural -el becerro de oro de nuestra época– me mata de aburrimiento. Muchas veces no es más que farfolla retórica al deseo de justificar la endogamia y el aislamiento, o aun el racismo. ¿La diversidad enriquece? La diversidad enriquece a aquellos en quienes la mezcla se ha producido. Aquellos que por obra de la mezcla nacen hablando cuatro lenguas, aquellos que hacen suyas, propias, varias tradiciones. La timorata y confusa pedagogía de la diferencia ha de ser reemplazada por una desacomplejada y audaz pedagogía de la mezcla. Es de ese mestizaje del que cabe esperar el nacimiento de una conciencia verdaderamente europea.
("La tarea histórica de Trieste es la de ser crisol y propagadora de civilización, de tres civilizaciones" Scipio Slataper, Scritti politici, citado por Claudio Magris)
("La tarea histórica de Trieste es la de ser crisol y propagadora de civilización, de tres civilizaciones" Scipio Slataper, Scritti politici, citado por Claudio Magris)
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