domingo, 3 de agosto de 2008

Trieste, una y trina

Desde el Molo audace, un muelle más concebido como mirador, la ciudad de Trieste puede ser examinada atentamente. La Piazza de l'unità d´Italia o Piazza Grande, forma un perfecto rectángulo, custodiado por dos alabardas de hierro, de unos treinta metros de altura, en el extremo que se abre al mar. Se apoyan sobre dos pedestales esculpidos con figuras de soldados, de la I Guerra mundial, en un estética más bien fascista. En una inscripción se puede leer "A los caídos por la italianidad de Trieste". El fondo de la plaza lo ocupa el Palazzo municipale, edificio barroco con aire de Hôtel de Ville parisino, de larga fachada y fino como una oblea. A su derecha y a nuestra izquiera se levanta el Palazzo del Governo, delegación del gobierno italiano, macizo edificio neoclásico con detalles bizantinos. Cierra el rectángulo el Palazzo de la Giunta regionale, antigua sede del Lloyd triestino, de estilo vienés. El edificio del gobierno italiano mira de reojo al ayuntamiento, como fiscalizando sus veleidades eslavas y austriacas. Estoy en Trieste, una y trina, contradictoria y simultánea. En ella se suporponen el mundo germánico, eslavo e italiano, y cada ingrediente en una dosis imperfecta que vuelve la ciudad insulsa y su historia extenuante. Desde hace más de dos siglos todo lo que en Europa ha sucedido de trascendental se ha anticipado, escenificado y quintaesenciado en Trieste. Quien conoce su historia conoce la historia de Europa. Ayer el mayor puerto del Imperio Austro-húngaro, hoy una apartada ciudad de Italia. Como toda nostalgia produce neurosis la mayoría de calles, bautizadas con los nombres de cuántos italianos ilustres ha habido, conservan en letra más pequeña su antiguo nombre. Qué ciudad más agotadora. Las fachadas descascarilladas, sus templos en reformas, su callejero caótico. Jamás como en Trieste he experimentado una desgana de historia, de cansancio y de decadencia. Europa, donde todo ha sucedido, se muere.

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