domingo, 17 de agosto de 2008

Dalmacia

Mirada en un mapa, Croacia tiene forma de colmillo, guadaña o bumerán. Es una forma fantástica, que sugiere la historia del país. Nuestra ruta hoy nos lleva por la costa dálmata, que una gran ofensiva promocional presenta como un lugar idílico. Por eso la sorpresa es mayor al descubrir un paisaje duro, triste y exigente. Hace ya unas horas que salimos de Trogir, camino de Istria. Avanzamos por una carretera llena de meandros, que ingresa en el mar y retrocede una vez y otra. La primera sensación es casi de malestar. En el lado del continente el carso se precipita hacia la costa. La tierra es arrastrada por la lluvia hacia el mar, impidiendo que sedimente y el cultivo. Algunas encinas y pinos resbalan entre canchales por la ladera. Es un paisaje desértico, lunar, endurecido por el tiempo y despeluchado por el viento. Poco a poco vamos destilando su extraña belleza. Ya es tarde. El atardecer da un color naranja, terroso o malva a la piedra. Desde el coche, las largas penetraciones de la costa en el horizonte parecen el pico de un gran cocodrilo, que emergiese de un letargo bajo el barro, o quizá el cuello estirado de una tortuga. Del otro lado se suceden largas islas como enormes jirones arrancados a la costa. No hay playas. Apenas algunos muelles en pueblos recónditos (un campanario ruinoso, un faro pequeñito) donde la gente del lugar se baña en las muy saladas aguas del Adriático. Proliferan a lo largo del camino pequeños letreros ofreciendo habitación a turistas improbables en sitios imposibles, feos chalés encaramados a la piedra, lejos de las grandes urbes. El sol se va poniendo, la piedra se hace púrpura, el mar se extiende como una hoja de acero. Sí, es un lugar idílico.

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